jueves, 8 de noviembre de 2012

Artículo Ciber

Especial para diario EL TELEGRAFO




















Vicente Nevárez Rojas                                                                                                       

Ingenuidad o sumisión

     El filósofo griego Aristóteles -discípulo de Platón- sostenía que en la vida política no contaban las formas, que éstas no eran ni buenas ni malas, pero que podían degenerar si se perdía su justo equilibrio. Defendía a la equidad, no como una virtud, sino como la justicia aplicada para caso concreto. 
     En su visita al país –en estos días- el subdirector del Instituto Internacional de Prensa (IPI), Anthony Mills “precisó que en todos los países del mundo existen reglas claras sobre lo que puede  o no hacer un medio de comunicación en un proceso electoral, y felicitó que esas normas estén claras en Ecuador” (Tomado de EL TELEGRAFO).
     En el año 2006, Andrés Oppenheimer, conocido analista de la CNN y crítico en desacuerdo con el manejo soberano de buena parte de los países latinoamericanos entre los que incluye a Ecuador, fue el conductor de aquella presentación televisiva, que bajo los auspicios de la Cámara de Comercio de Guayaquil, hiciera posible la comparecencia de un grupo de candidatos aspirantes a la primera magistratura del Ecuador en ese entonces.
     Por su parte,  los promotores de aquel encuentro, convencidos de sus pronósticos al margen de una realidad que no supieron constatar, dejaron fuera de panel a don Gilmar Gutiérrez Bourbua que terminó en tercer lugar en los comicios por encima de tres candidatos invitados en esa noche.
     Concertar paneles de cualquier índole a cargo de instituciones de derecho privado, es plausible y, lo será más aún, si en el futuro, al tratarse de actores políticos en contienda, se difundan a través de los medios de comunicación conforme a normas dispuestas en la reciente Ley electoral en salvaguarda de los intereses que, por igual, a todos nos corresponde.
     En aquel programa divulgado por televisión a nivel nacional, no fueron invitados, además, como correspondía, el resto de legítimos candidatos en contienda que guarda relación con la inequidad publicitaria y propagandística que se quiere evitar en  la mencionada Ley, a la que, actores políticos que han sido consuetudinariamente tratados con desigualdad en perjuicios de sus aspiraciones, hoy, en una actitud incoherente o de extrema candidez, se oponen.
     Y si bien  en ese acto hubo un sesgo que se percibió oculto -referido a la conducción y elección de los participantes- que los candidatos Jaime Damerval y Fernando Rosero se encargaran de develar posteriormente, sirvió en todo caso para que un no bien apercibido Oppenheimer no pudiera preterir  al entonces candidato economista Rafael Correa que, sin poses, pero respaldado por una bien cultivada cultura político-económica, llevara a maltraer muchas de esas argucias que los defensores del libre comercio se esmeran en sostener que esa es la vía hacia el progreso de los pueblos en desarrollo.
     A falta de equidad y, dadas las circunstancias actuales, los poderes fácticos tendrían -como diría “El Chavo del Ocho”, “sin querer queriendo”- aliados “casuales” como el MPD, Pachacutik, Montecristi vive, Participación y un sector del socialismo que a nombre de la “izquierda ecuatoriana” demandaron, ante la Corte Constitucional, la no vigencia del llamado Código de la Democracia.
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Artículo Ciber











Vicente Nevárez Rojas

No hay de qué preocuparse, señor presidente…


Cuando la mala fe se apodera de los ignorantes, se agota toda esperanza de entendimiento. Se habrá pasado el umbral que lleva al desajuste cognitivo. Sólo falta que se declaren taoístas para tomar distancia con lo moral o lo amoral y, tener, entonces, el marco que les permita moverse como pez en el agua.
Sólo es mi afán de explicarme comportamientos de tan singulares actores, porque el taoísmo, en el contexto filosófico de su doctrina, asume lo bueno y lo malo, lo perfecto y lo imperfecto, lo moral y lo amoral, como referentes, según sean, o se den los hechos, sin considerar beneficios.
La criolla y folclórica oposición ecuatoriana se pertrecha de falsedades para pervertir la decencia que es norma a cuidar del buen vivir. Sin argumentos, crea escenarios irreales, retacea la verdad de los hechos y acumula odio para verter su veneno al menor aviso que ponga en riesgo sus insanos intereses.
Es posible que su supina ignorancia sea la razón que los lleve al degradante ejercicio de la injuria y la calumnia que no les permite percatarse del cometimiento del delito al que, irremediablemente, quedarán imputados.
Desinformados petulantes, ridículos y chiflados, y uno que otro tonto útil, con desatinadas posturas y despropósitos inmundos, pero creativos facinerosos a la hora de lanzar sus dardos.
Desaprensivos apresurados con criterios sostenidos en su maldad, que a fuerza de querer entender a su “salsa y sabor” el derecho a la libertad de expresión, se inventa un sofisma: “la obligación a expresarse”, inducidos por la rabieta que les ocasiona una disposición presidencial. Tal sofisma, además de ser una aberración, es una contradicción constitucional que vulnera, justamente, ese derecho, de respeto irrestricto, por encima de cualquier política pública de comunicación.
Entrevistadores permisivos y entrevistados acólitos de éstos, es el escenario propicio en algunos “medios sesgadamente independientes” para ofender de manera vulgar y ruin a quienes no están en su orilla.
“En muchísimas ocasiones, de forma abierta o solapada, consciente o inconsciente, se pretende hacer pasar por información lo que es una mera opinión, y el daño y la confusión están servidos. Cualquier pretendida autoridad, individual o mediática, que hacen pasar por información la mera opinión, están causando un importante daño, porque los posibles receptores de dicha mal llamada información se convierten a su vez en agentes activos de transmisión, y el efecto multiplicador puede conducir a una suerte de engaño colectivo”. (De todo un poco…)
Cuando usted supo, señor presidente, definir a la oposición política y mediática como amorales, pude entender porque sus representantes -llámense líderes o periodistas- se exponen al ridículo, día a día, a sabiendas que son desmentidos “a la vuelta de la esquina”. Pues, sin preceptos morales, pero con  una bien definida mala intención, arremeten con todo su arsenal; pero armas antiguas para combatir en tiempos modernos, no hacen daño.
Políticos nostálgicos y melancólicos olvidaron renovar su armamento, y a falta de recursos para poder hacerlo, insisten en los mismos esquemas. Unos usan la diatriba, mientras otros, mitómanos compulsivos, acuden al pasado, y no faltan los que, en falsa inspiración, ofrecen un Ecuador “más mejor”. Se evidencia, a todas luces, tal carencia de propuestas que, si tuviéramos que hacer gala de slogans y consignas en un concurso abierto, seguro ganaríamos el primer lugar.
El Ecuador que queríamos está siendo posible, tan posible, que la obra social emprendida por su gobierno no tiene parangón en la historia de este país.
Debo reiterar lo que ya he manifestado: las mejoras sociales -de este gobierno- se sostienen en una concepción creativa y novedosa ajustada a formalidades técnicamente modernas y perdurables en el tiempo como concepto funcional constante. Es por tanto, irreversible.
No olvide usted, señor presidente, que para poder discutir con un ignorante, habría que hacerlo bajar del burro sobre el que está montado, pero como nunca se bajará, nunca se rendirá. Se sentirá por tanto vencedor  mientras haya quienes lo confirmen, porque un tonto igual que un ignorante, siempre encuentra otro más tonto e ignorante que le admire, por eso, no hay de qué preocuparse.
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Publicado por el semanario EL NUEVO GLOBO de Bahía de Caráquez



Vicente Nevárez Rojas

¡Me importa un carajo!

Cuando la autoridad pública, cualquiera que esta fuere toma distancia con las buenas costumbres y preceptos morales que rigen el convivir de una comunidad, sus deberes suelen transformarse en infamias y arbitrariedades donde la política se impone sobre lo ético creando un desequilibrio social.
El mal uso del poder como práctica de intercambio social es una conducta basada en la relación de mando jerarquizado y desigual. La posición política anclada en el nivel económico de quienes lo ostentan es, en buena medida -eventualmente-, su mejor  y primario impulso.
Una sociedad puede verse alterada si a falta de valores éticos se degenera la conducta de sus miembros; o se deterioran éstos y se pierde de vista el límite del respeto entre gobernantes y gobernados. Deberíamos tener presente que una colectividad puede ser y, de hecho lo es, influenciada por prácticas constantes de actos, para bien o para mal o, acaso y, lo que es peor, degraden nuestra civilidad.
Cicerón decía que “Los que se ocupan de una parte de los ciudadanos y no atienden a la otra, introducen en la patria una gran calamidad: la sedición y la discordia, de donde resulta que unos se presentan como amigos del pueblo y otros como partidarios de la nobleza; muy pocos favorecen el bien de todos”.
Que una determinada autoridad de la función pública no comparta ciertas disposiciones a partir de normativas que conforman el estado de derecho que nos rige, no supone otro –ni remotamente- por encima de éste para desobedecerlas. Después de todo, el principio de obediencia a la ley, no es más que la adaptación que hemos convenido en sociedad para que sea aplicada a cada situación política o administrativa que no debe ser cuestionada conforme a nuestros antojos.
Parece ser que no es el conjunto de normas lo que garantiza un proceder irreprochable al poder político, sino el necesario fortalecimiento de valores y convicciones basados en el principio mismo de la relación ético-político.
El desacuerdo producido como consecuencia de la colocación de un monumento supone algunas interrogantes: ¿Su erección en legítimo derecho de los que así lo estiman? ¿El homenaje póstumo de lo que en él se rememora? ¿La elección del sitio donde deba y pueda ser instalado? o, finalmente, la demostración de quien manda en la comunidad.
Aquella exclamación de que no se obedecerá a jueces corruptos, sólo tiene cabida en la irracionalidad, porque éstos son apenas instrumentos de la justicia, investidos -temporalmente- de la potestad jurisdiccional; ejercen la aplicación de sus normas y, son jurídicamente -sumados a otras personas-, un órgano judicial y, por tanto, no acatar sus fallos, se imputa como delito por desobediencia a la ley.
Que le importe un carajo que lo echen del puesto si las consecuencias es la convulsión ciudadana, en opinión de quien lo dijo, es de por si todo lo contrario. Es una rueda de molino con la que es difícil comulgar.
Maquiavelo en su perturbada forma de desprestigiar a la democracia aconsejaba una república compuesta por una comunidad de espíritus contrapuestos: el del pueblo y el de los grandes, más la nuestra es, unitaria, intercultural, plurinacional y laico. Un Estado constitucional de derechos y justicia social, democrático, soberano e independiente. ¡Qué no se olvide!
  
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